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Gimnasia rítmica
La familia en el deporte. Gimnasia Rítmica
noticia leída 227 veces
desde 11/03/2019
INTERNACIONAL

Hoy tenemos competición.

En realidad sólo tú participas pero yo siento como si también fuera a salir al tapiz.

Apenas está amaneciendo y voy a tu habitación a llamarte. No hace falta. Cuando la luz ilumina tu rostro me doy cuenta que llevas tiempo despierta.

Lo primero: el moño. Ya no necesitas que te ayude. Hace tiempo que lo haces sola porque… Tiene que estar perfecto, sin un sólo pelo fuera, y tú no sabes, mamá.

Te vistes y bajas a desayunar, apenas un vaso de leche y vuelvo a pensar lo mismo de siempre, con tanto deporte no es suficiente. Hoy mejor no te lo digo.

Antes de salir de casa las preguntas habituales, ¿mallot?, ¿punteras?, ¿equipación?, ¿pelota?, ¿aro?… y las respuestas de siempre, que sííí mamá. Si te soy sincera le he cogido cariño a estos momentos, es como un juego entre las dos, yo preguntando desde cualquier rincón de la casa y tu contestando y resoplando mientras terminas de prepararte.

Nos sentamos en el coche. Pareces tranquila. Te miro y pienso que estás preciosa a pesar de ese moño tan tirante que te achina los ojitos.

Te hablo para infundirte ánimo y seguridad. Creo que no lo consigo, sobre todo cuando pones la radio para escuchar nuevamente esa canción que te encanta.

Y llegamos al pabellón, apenas un roce de tus labios en mi mejilla y sales corriendo a encontrarte con tu entrenadora. Te pierdo entre moñitos, bolsas de deporte, aparatos… ¿te he dicho buena suerte princesa?

Toca encontrar un sitio entre tanta gente. ¡Que pasión muestran algunos padres! ¿Lo estaré haciendo yo mal? Enseguida oigo el ruido de una vuvuzela y me recompongo. No, definitivamente me quedo como soy.

Deberías estar calentando ya. Falta poco. Solo veo aparatos lanzados al aire, los colores de los mallots (y los cientos de cristales que me recuerdan las horas trabajadas)… oigo la música en el tapiz, los aplausos y los latidos de mi corazón. ¿Dónde estás?

Por fin apareces y me mimetizo contigo. Sonríes, sonrío, pones cara de enfadada y frunzo el ceño, levantas la barbilla y estiro la espalda. Uf, si me sigo acercando al borde del asiento me caeré.

Cuento los riesgos y las maestrías. Ya queda menos, todo va bien. Y terminas el ejercicio y saludas y sonríes… y yo también. Es hora de volver a respirar.

Nadie me dijo lo mal que se pasa, el corazón encogido, lo que llegas a saber de puntuaciones, sanciones, cogidas, lanzamientos, las amistades que haces en el camino, la desesperanza, la vuelta a la ilusión, las esperas, la alegría desmedida ante un pódium, el compañerismo, el sacrificio.

Al rato apareces a lo lejos y solo quiero fundirme en un abrazo contigo. Te veo tan contenta, tan mayor, tan gimnasta… y pienso que todo esto merece la pena de verdad. Contigo, cariño, ¡hasta donde estés dispuesta a llegar!

Patachunga